Donde el camino es largo, el alimento llega primero: una historia del PAE en el corazón indígena de Risaralda

El día empieza mucho antes del primer timbre en Dachi Drúa. Amanece entre neblina espesa, caminos de barro y pasos pequeños que avanzan durante dos horas —a veces más— para llegar a la escuela. Son niños y niñas que caminan desde veredas lejanas del resguardo indígena, cruzando una geografía que no siempre perdona, pero que nunca detiene sus ganas de aprender.

Cuando por fin llegan, hay algo que los espera. Un olor tibio que sale de la cocina escolar, una olla que hierve despacio y manos que cocinan con paciencia. Allí, en la zona rural de Santa Cecilia, 250 estudiantes tienen hoy garantizada su ración caliente del Programa de Alimentación Escolar, sin importar si la carretera se cierra, si llueve sin tregua o si el trayecto se vuelve más difícil de lo habitual.

La Gobernación de Risaralda, a través del PAE pone los insumos y la minuta, pero en Dachi Drúa el sabor lo construyen las madres. Ellas, que conocen el territorio y sus recetas ancestrales, le ponen sazón propia a cada preparación. No es solo comida: es cuidado, es cultura, es una forma de decirles a los niños que valió la pena el camino.

“Esto nos ha servido muchísimo”, dice el rector Julio Alberto Nayazá Restrepo, mientras observa a los estudiantes sentarse a almorzar después de una mañana de clases. Para muchos de ellos, ese plato caliente es el combustible que les permite concentrarse, quedarse, aprender. “Cuando hay almuercito, a los niños les interesa venir. Llegan motivados, pueden recibir la clase dignamente”, cuenta. El restaurante escolar no solo alimenta cuerpos; también sostiene la permanencia en el aula.

En Risaralda, el impacto va más allá de una institución. El Programa de Alimentación Escolar beneficia a más de 33.000 estudiantes, con una inversión superior a $40.000 millones, incluidos más de 5.400 niños y niñas de comunidades indígenas, con una apuesta clara del gobernador Juan Diego Patiño, por abarcar primero los territorios donde históricamente llegar ha sido más difícil. Es una decisión que se siente en lugares como Dachi Drúa, donde el PAE no se queda en el papel y sí se materializa, incluso cuando hay derrumbes o caminos casi intransitables.

Marta Cheche lo sabe bien. Como madre de familia, ha visto a sus hijos salir muchas veces sin desayunar. “Este programa es un beneficio grande para nuestras comunidades indígenas”, dice. “Es un alimento nutritivo, bien preparado. Como mamá, yo estoy muy agradecida con el gobernador Juan Diego Patiño, porque la verdad él nos está dando la mano”.

En la cocina, Emilce revuelve con calma. Le gusta su trabajo. Prepara ensaladas, jugos, platos que llenan y nutren. “Uno se siente bien”, dice, mientras los niños comen tranquilos. Para ella, saber que ningún estudiante se va con hambre es motivo suficiente para seguir.

Los docentes también lo ven a diario. Rubén Darío Nayazá Restrepo explica que los estudiantes vienen de comunidades dispersas, de zonas lejanas, y que una buena alimentación marca la diferencia en la atención y el aprendizaje. “Para que reciban las clases como debe ser, es fundamental que estén bien alimentados”, afirma.

En Dachi Drúa, el PAE no es solo un programa. Es la pausa que reconforta después del camino largo, la motivación para no faltar a clase, el plato caliente que conecta la política pública con la vida real. Una acción concreta de la Gobernación de Risaralda que, lejos de los discursos, se mide en miradas tranquilas, estómagos llenos y niños que, pese a todo, siguen llegando a la escuela.

Información – Fotos: Prensa Gobernación de Risaralda



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