
Han pasado más de un mes desde el sacudón de la tierra el pasado 10 de agosto. Tras atender a los heridos, despedir a nuestros muertos y despejar las calles, comenzó la demolición de las estructuras colapsadas.
Pasados los primeros días, la ciudadanía transitó del impacto inicial a una cruda realidad: viviendas agrietadas, una ciudad aporreada y la zozobra de una reconstrucción que tropieza con la evidente lentitud del Estado.
Mientras diversos expertos calculan que la recuperación tardará entre 6 y 7 años, el informe de INGEOMAR proyecta una cifra demoledora: 40 años para recuperar lo perdido.
Ante este panorama, surge un dilema sobre cómo debemos contar nuestra historia.
¿Mostramos un escenario caótico y de ciudad fantasma para captar la atención del Gobierno Nacional y acelerar el Fondo Milagro, a riesgo de espantar la inversión y el turismo que tanto necesitamos?
¿O resaltamos que esta tierra está conformada por titanes que desde la hora cero demostraron que el civismo sigue vivo, atendiendo la emergencia, recogiendo escombros y reconstruyendo con recursos propios sin sentarse a esperar milagros?
Ambas posturas no se excluyen; son verdades complementarias.
Tenemos la obligación de exigir la presencia efectiva del Gobierno Central —sin el cual la reconstrucción será cuesta arriba— y la activación inmediata del Fondo Milagro.
Sin embargo, esa exigencia no significa quedarnos paralizados a la espera de respuestas externas.
Nuestra gente ha demostrado estar por encima de la tragedia: el ADN cívico se activó, la ciudad superó el estupor y comprendimos que nadie hará por nosotros lo que no estemos dispuestos a hacer. La reconstrucción del tejido social nos compete a todos.
El futuro depende de nuestra capacidad para planear e iniciar la recuperación hoy.
No podemos pretender que nada pasó; por el contrario, tenemos un compromiso con la historia: el deber de avanzar, transformar y superar con creces la ciudad que teníamos.
Juan Carlos Valencia














