
La edición 29.ª del Desfile de Autos Clásicos y Antiguos convirtió la ciudad en un museo sobre ruedas al aire libre y, bajo la temática Mujeres al Volante, abrió espacio para historias que van más allá de los carros. Mujeres de distintas generaciones llegaron con sus familias, algunas para conducir y otras para acompañar a sus hijos, madres o nietas. Entre ellas hubo relatos de independencia, de acompañamiento familiar y de autonomía al volante, que muestran que detrás de cada vehículo hay mucho más que una máquina: hay recuerdos, aprendizajes, vínculos familiares y nuevas posibilidades para ellas.
Tres generaciones en un mismo volante

Tatiana llegó al desfile acompañada de su mamá, Luz Rodríguez, de 64 años, y de su hija María Isabel. Tres generaciones reunidas alrededor de un automóvil que para ellas es mucho más que una pieza de colección. La historia de esta máquina modelo 1983 comenzó varias generaciones atrás: primero perteneció al bisabuelo de Tatiana, luego al abuelo, después a su padre y finalmente llegó a la familia, que la ha conservado con especial cuidado. No la sacan durante todo el año; la mantienen guardada, le hacen mantenimiento y solo vuelve a las calles para ocasiones especiales. “Esto no es un carro, esto es una máquina, esto es un amor”, dice Tatiana. En ella han viajado recuerdos de matrimonios, celebraciones de 15 años y otros momentos familiares.
Esta vez, además, el carro llegó al desfile con una historia inesperada. El esposo de Tatiana, Luis Forero, policía y quién trabaja en Bucaramanga, estaba inscrito inicialmente como conductor, pero no pudo acompañarlas. Ella decidió asumir el volante y representar a la familia. Para Tatiana, no era una tarea menor: llevaba consigo el orgullo de hacerlo en un año en el que el desfile puso a las mujeres en el centro. “No solamente estos caballos y esta potencia y estas máquinas las manejan los hombres”, dijo. “Nosotros también podemos”.

Pero antes de que comenzara el desfile, la familia tuvo que librar su propia batalla. Eran cerca de las 4:40 de la mañana cuando el carro no quiso encender. Tatiana, su mamá y María Isabel comenzaron a buscar una solución y terminaron empujando la máquina para lograr que prendiera. “Nos tocó utilizar la fuerza de hombre”, contó entre risas, antes de corregirse: “Así, de mujer también”. Aquella escena terminó siendo una pequeña prueba de lo que horas después saldrían a representar: no esperar a que alguien más resolviera el problema, sino encontrar juntas la manera de seguir adelante.
Para Tatiana, esa capacidad de avanzar también hace parte de su propia historia. Tiene 44 años, es administradora de empresas, trabaja desde hace 15 años como asesora empresarial en Suramericana de Seguros y está terminando la carrera de Derecho. Su esposo vive y trabaja en otra ciudad y ambos se encuentran aproximadamente una vez al mes. En medio de esa dinámica construyeron su familia con María Isabel, una hija que ella considera un milagro: durante el embarazo tuvo que permanecer prácticamente sentada y alejada de la actividad física, pero hoy la lleva consigo a una de las celebraciones que más disfruta.

María Isabel se levantó a las 3:10 de la mañana para acompañar a su mamá y a su abuela. Tenía sueño, pero quería estar allí. Le impresionan los carros, disfruta la experiencia de verlos de cerca y sueña con estudiar en la Universidad Pontificia Bolivariana. Mientras su mamá conducía y su abuela la acompañaba, estaba viviendo una escena que, sin necesidad de explicaciones, habla de cómo se construyen los referentes entre generaciones.
Tatiana sabe que todavía existen mujeres que sienten temor de ocupar espacios como este. Durante el desfile habló con otras participantes que le confesaron que les daba miedo conducir. Para ella, ese miedo también hay que aprender a enfrentarlo. Le gustaría ver más mujeres manejando camiones, tractomulas y vehículos de transporte en las carreteras y en las empresas, porque considera que no existen razones para limitar sus capacidades. “Las mujeres no debemos tener límites; los límites están aquí en la cabeza”, afirma.
Por eso, más que sustituir a su esposo durante un día, Tatiana sintió que estaba representando algo que quería que su hija pudiera reconocer en el futuro. Su mensaje no era solamente para las mujeres que estaban allí, sino para cualquiera que alguna vez haya pensado que determinada actividad no es para ella: “Si ella pudo, yo puedo. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Nada, somos iguales”.
También están las mujeres que acompañan

No todas las historias de Mujeres al Volante estaban detrás del timón. Lucy Montoya llegó para acompañar a su hijo Jorge Acosta, participante del desfile. Para ella, la Feria de las Flores es una tradición familiar que ha vivido durante años y que también ha transmitido a su hijo, junto con el amor por los carros antiguos.
Jorge, que condujo un Chevrolet de 1967, participó por segundo año consecutivo. Esta vez quiso compartir la experiencia con su mamá, quien, aunque no maneja este tipo de vehículos, tiene una opinión clara sobre las mujeres que sí lo hacen. “Me parecen unas berracas”, dice Lucy. “Al mirarlas me les quito el sombrero”.
Para Lucy, el respeto por las mujeres comienza en casa. Desde que sus hijos tuvieron uso de razón, cuenta, les enseñó que a las mujeres no se les toca “ni con el pétalo de una rosa”. Por eso, ver a su hijo participar en un desfile que este año pone a las mujeres en primer plano también representa una forma de continuidad de esa enseñanza.
Jorge lo confirma desde su experiencia. “Me parece muy bonito ver a las mujeres manejando esos juguetes”, dice, reconociendo en ellas la cultura paisa, la pujanza y la berraquera. Su voz, desde el lugar de un hombre que participa en esta tradición, se suma a la de las mujeres que ese día ocuparon el volante para recordar que este espacio también puede ser compartido.
Mujeres que aprendieron a no pedir permiso

Para Ruby Tobón, de 70 años, el volante también tiene una historia de independencia. Llegó al desfile para acompañar a su hijo y a su nieta y, aunque ya no tiene carro propio, recuerda que condujo durante buena parte de su vida. Es la tercera vez que participa como acompañante en este evento que, para ella, también es memoria.


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